Primavera, primavera, primavera

 

Estamos peor. Llevamos una racha en la que nuestros síntomas aumentan y nuestra debilidad se hace la reina de nuestro cuerpo. No nos pasa a todos, pero sí a muchos de nosotros que coronamos mayo con la sensación de que algo en nuestro sistema nervioso central no va bien. Pero, ¿por qué?

lluvia

Neurólogos, fisios, terapeutas, logopedas, enfermeros… nos escuchan estos días preocupados por nuestro empeoramiento, brotes y pseudobrotes. La primavera ha llegado este año de una forma extraña y las variaciones climáticas y el exceso de humedad en muchas provincias españolas nos hacen exacerbar síntomas. ¿Nos sucede esto sólo a los que convivimos con una esclerosis múltiple?
No. La primavera tiene repercusiones en el organismo, más o menos perceptibles según cada persona y las enfermedades que padezca. De manera general, está demostrado que los incrementos en las horas de luz y la temperatura inciden en la producción de determinadas hormonas y neurotransmisores. Entre estas sustancias, la oxitocina, la dopamina y la serotonina, todas relacionadas con el estado de ánimo y los niveles de energía que sentimos. Unos cambios que pueden afectar a una mayor predisposición a las relaciones humanas, la atracción sexual y el deseo. Es decir, existe una base química en el hecho de la sangre se altere con la primavera. Además de estas actitudes expansivas, la estación también trae consigo la denominada astenia primaveral, caracterizada por una sensación de decaimiento, fatiga y alteraciones en el sueño. La razón de estos síntomas, aunque parezca contradictorio, tiene que ver con las mismas modificaciones hormonales descritas. Son las propias variaciones de las sustancias químicas las que perturban el organismo y es la adaptación al cambio la que provoca los trastornos. Las enfermedades autoinmunes, en general, son más sensibles a estos cambios por lo que se favorece un empeoramiento de los síntomas.

sol

Fenómeno Uhthoff
En la esclerosis múltiple, en concreto, las fibras nerviosas están más expuestas a los cambios ya que las fibras nerviosas tienen dañada su capa exterior protectora (la mielina). En el cerebro y la médula, los mensajes viajan como impulsos eléctricos a través de estas fibras para controlar las diferentes partes del cuerpo. Cuando el nervio está dañado, la conducción de estos mensajes resulta más difícil. Las temperaturas altas incrementan esta dificultad. Por tanto, si por el nervio dañado por la enfermedad los mensajes pasaban poco a poco, con el calor puede que no pasen. Esto provoca el empeoramiento de los síntomas hasta que las fibras nerviosas se enfríen. En momentos de contrastes térmicos, la conducción nerviosa varía en su eficacia por lo que nuestra sensación de malestar se multiplica.
Hasta ahora lo más estudiado han sido los efectos del calor en nuestra patología. Está demostrado que el calor puede provocar un empeoramiento de los síntomas en las personas afectadas por esclerosis múltiple. Las temperaturas altas suponen un problema más común que las bajas. Por este motivo, en verano, hablamos del llamado fenómeno Uhthoff, el empeoramiento transitorio de los síntomas de la EM en relación a la elevación de la temperatura corporal
Los efectos del calor más habituales en las personas con EM son los problemas de equilibrio, la debilidad, la fatiga, los cambios en la visión o en la sensibilidad. También pueden provocar dificultad para concentrarse o alteración de los reflejos. La solución está en parte en nuestras manos si optamos por evitar los cambios bruscos de temperatura.

Cris Bajo

 

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